Jose's profileDiario de un Homosexual ...PhotosBlogListsMore ![]() | Help |
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December 19 Angeles (Título tentativo) --Reposted--***** Este relato lo empecé hace algunos meses, no tengo idea a donde va o de que ***** trate, eso se va dando poco a poco. Bueno pues, allá va.
¡Le dolía tanto la espalda desde hace días! Pensaba que tal vez era solo que había estado mucho tiempo frente a la computadora. O tal vez eran todos los problemas que tenía en el trabajo que se le habían acumulado ahí, en la espalda. Entonces salió huyendo hacia la cafetera, y no era tanto que le encantara el café, sino que la cafetera estaba junto a la única ventana de la oficina. Afuera, como siempre, el guardia de seguridad cuidaba la entrada. Sin embargo se percató de algo diferente... si... el guardia no era el mismo. Y es que el anterior guardia tenía cerca de 50 años, desde que él recordaba lo había visto ahí, desde que entró a trabajar a aquella oficina la primera vez y le tuvo que explicar que era nuevo y que su identificación no se la entregarían hasta la siguiente semana, solo así lo dejó entrar. Pensó entonces que tal vez el señor había muerto (que sádico, ¿no?) pero sin saber porqué, en el siguiente minuto lo invadió la melancolía pensando que tal vez él un día moriría habiendo trabajando en ese mismo lugar toda su vida. Después del café regresó a la computadora a clavar sus dedos en el teclado y seguir con los reportes que eran para ayer. Así, pasaron varias semanas hasta que en una de esas tuvo que quedarse hasta muy noche para terminar el trabajo pendiente. Eran alrededor de las 3 a.m., de nuevo la fuga hacia la cafetera, un tanto para despejarse y un tanto para quitarse el sueño. Mientras miraba las luces del edificio de enfrente vio a un perro de color negro con manchas blancas que le recordó al perro que tuvo en la infancia. Pero este perro estaba sucio, flaco, se veía muy descuidado, sin duda era un perro callejero. El perro entonces intentó cruzar la calle cuando un automóvil que salió de la nada pasó, y aunque quiso esquivarlo no pudo dándole un fuerte golpe, tras el cual solo se escuchaba el grito de dolor del perro. Entonces, mientras el perro se retorcía en el suelo, vio como el guardia salió corriendo hacia la calle, tomó al perro entre los brazos y lo puso en la acera, rompió la manga del lado izquierdo de su camisa del uniforme y con un pedazo de la tela le vendó los ojos al perro, con el otro le limpió la herida. El, todavía sorbiendo el café, seguía observando el "espectáculo", pensando en que el perro no pasaría la noche. Entonces, lo cargó de nuevo y se lo llevó hacia la puerta, vio como el guardia se metió a las instalaciones y desapareció. Se acabó el café y regresó a su trabajo. Estuvo como una hora más trabajando y luego se retiró. Regresó de nuevo a la oficina alrededor de las 8:30 a.m. y ya estaba otro guardia. Ellos estaban ahí por turnos de 12 horas. Se preguntaba si el perro habría muerto. Por la tarde, después del cambio de turno vio al guardia de la noche, ahí estaba. Le dieron ganas de ir a preguntarle que había pasado con el perro, pero se contuvo. Esa noche no se quedaría hasta tarde a trabajar, pero le preguntaría luego. Después de una semana, tuvo que quedarse de nuevo hasta la noche trabajando, y en una de esas escapadas a la ventana para tomarse el café no vio al guardia. Supuso entonces que estaría en el baño o en el pequeño cuartillo que les tienen reservado a los guardias para hacer sus reportes. Harto del trabajo, fue a verlo al cuartillo, abrió la puerta. El guardia dormía en el piso y a su lado, aquel perro que él creía muerto, con todavía unas vendas en el cuerpo. Cuando el guardia me vio puso cara de sorpresa y de repente como de miedo, seguro porque pensaba que lo iba a reportar. Lejos de algún regaño, se le acercó para ver como estaba el perro. “Él se llama manchas", le dijo el guardia "Y yo me llamo Javier" dijo enseguida. Se saludaron de mano y comenzaron una plática acerca de como había cuidado al perro desde aquella noche y de como había hecho lo posible para mantenerlo ahí sin que nadie lo notara. Después de unos 20 minutos, se despidió de Javier y de "manchas" para regresar a trabajar a la oficina. A partir de esa noche, ya no le importaba tanto que le dieran mucho trabajo y que tuviera que quedarse hasta noche para trabajar, pues se salía siempre unos minutos para platicar con Javier, y saludar a "manchas" que poco a poco podía levantarse y caminar. Javier tenía entonces 21 años. Él, a sus 28 años, no tenía muchos amigos, y con Javier se sentía extrañamente bien, aún cuando no hablaran de nada y solo miraran la TV portátil que había en ese cuarto. Quizá era porque siempre se había dedicado mucho más a su trabajo que a cultivar amistades. Después de un mes, "manchas" ya podía caminar, y una noche salieron los 3 del cuarto para que manchas caminara un poco en el jardín de atrás del edificio. Ahí, había una mesa de plástico blanca y un par de sillas, "manchas" perseguía a unas mariposas mientras Javier y él platicaban. Javier era de un pueblo cercano, se había salido de casa porque, decía, tenía enormes diferencias en la forma de pensar con sus padres, más que nada con su papá, con quién el último día terminó a golpes antes de tomar unas pocas ropas, un par de zapatos, sus documentos y huir para llegar a la ciudad. En una de tantas noches, le preguntó que si tenía amigos en la ciudad, Javier le dijo que debido al trabajo en realidad solo tenía compañeros, puesto que su trabajo le hacía dormir todo el día y trabajar por las noches. Y en su día de descanso normalmente se quedaba en el cuarto que rentaba, para no gastar dinero pues estaba ahorrando para comprarse ropa y zapatos, porque no tenía más que unas playeras y un pantalón, y su uniforme. Le dijo entonces, que su único amigo era él, porque le caía bien y era buena onda, mientras sonreía. Miró a Javier sonreír, y sin saber porque sintió un calorcillo muy extraño en el estomago, y después se sorprendió a si mismo invitando a Javier al cine. Javier sonrió de nuevo y le dijo que sí. Descansaba el próximo lunes. Terminaron de platicar y Javier y "manchas" se regresaron al cuartillo, mientras él regresaba solo a la oficina, con la taza de café vacía y una felicidad extraña en el corazón. Sonreía de felicidad como hacía mucho no lo hacía. Los días se le hacían eternos, y es que la cantidad de trabajo había bajado y no tenía necesidad de quedarse en la oficina, y era prácticamente arrastrado fuera de ella por sus compañeros quienes le decían que fuera a la calle a vivir la vida, que se despegara un poco de la computadora y de la cafetera. Esos días como se iba temprano, no vio a Javier. Y entonces recordó que no se habían citado en ningún lugar para ir al cine. El viernes le entró la desesperación, pues el fin de semana él no iría a trabajar. Entonces se le ocurrió una idea: el sábado por la noche vendría a verlo y lo sorprendería con una pizza y un par de cervezas... aunque no tenía la certeza de que le gustara alguna de las dos cosas. El sábado por la tarde, ya casi oscureciendo, llegó con la dichosa pizza y las cervezas... aunque había dudado en llevar estas últimas pues era en horario de trabajo. Aún así, al final acabó por comprar un "six" de Sol. Cuando llegó frente a las oficinas se sentía nervioso, no sabía porqué. Entró y entonces lo vio acostado en el césped mirando al cielo, dejó la pizza y las cervezas en un lado y se acostó junto a él, a mirar las estrellas. Estuvieron en silencio un par de minutos, entonces Javier le agradeció la pizza y las cervezas, luego le dijo que hacía tiempo que no miraba las estrellas, y es que en la ciudad es difícil verlas. Esa noche no había nubes ni luna, y las estrellas se dejaban ver mejor. Él tampoco recordaba cuando fue la última vez que miró hacia el cielo. Entonces, se fue la luz en la ciudad y ante los ojos asombrados de los dos, se reveló el universo en todo su esplendor: Las constelaciones, las galaxias, los planetas... como cuando el hombre no existía. Estuvieron ahí cerca de 20 minutos, cuando la energía eléctrica se restableció. Luego, se sentaron y cenaron, un picnic nocturno. Después de la cena, se quedaron los dos en silencio. No podía mas que solo mirarlo con su traje de guardia de seguridad, nunca se había fijado en él tanto como esa noche, con su nombre bordado en el lado donde se supone está el corazón, y luego sin querer se fijó en su rostro, limpio a no ser por aquel leve bigote, observó sus ojos color café, su nariz recta, su piel morena, sus cejas pobladas, su mirada entre triste y melancólica. Luego se fijó en sus manos, grandes y un tanto maltratadas, con algunas marcas y algunos vellos que se notaban venían del brazo, el cual no podía ver por su camisa blanca de manga larga. Y así, sentados como estaban, pudo ver que no llevaba calcetines, solo esos zapatos un tanto viejos pero limpios, y vio también los vellos de sus pies, que subían hacia su pantorrilla, se fijó en las piernas gruesas cubiertas por la delgada tela azul oscuro del pantalón y su mirada fue subiendo poco a poco hasta que de pronto escucharon unos ladridos, era manchas. Javier se paró y le tendió la mano, pudo sentir entonces lo rasposo de su fuerte mano y antes de soltarlo le pareció sentir una leve caricia en la palma de su mano que le provocó una corriente eléctrica por la espalda, Javier le sonrió y le dijo que lo esperara ahí. No sabía que pensar, se sentía confuso y salió corriendo de ahí. El lunes no fueron al cine. De hecho ese lunes, no salió para nada de su casa y se la pasó pensando en Javier, en que le había quedado mal, en que algo raro le pasaba y no sabía que era, en que aquel olor a perfume barato que Javier usaba, se le había quedado marcado en la nariz y en el cerebro. Ese lunes durmió temprano, sin mirar TV, sin música, solo con el silencio de su habitación y su respiración un tanto agitada por aquellos pensamientos ilógicos que comenzó a tener. El martes llegó puntual al trabajo, parecía entre sonriente y nervioso, tomando más café de lo normal, yendo a la cafetera aún cuando todavía tuviera café, mirando al reloj cada cinco minutos, impaciente porque los demás se fueran y llegara la noche. Cuando terminó el trabajo y era hora de salir, se fue al Oxxo de la esquina a comer un perro caliente y una coca cola light mientras llegaba el cambio de turno que era regularmente a las 7, si es que el revelo no tardaba mucho en llegar. A las 7:15 p.m. caminó de regreso a la oficina y vio al guardia del turno de la mañana salir e irse hacia el otro lado de la calle, entonces apresuró el paso y entró al pequeño estacionamiento de la entrada y entonces vio al otro guardia que no era Javier... extrañado se acercó a él y le preguntó donde estaba el otro guardia. Después de escuchar se quedó mudo, se dio la vuelta y se fue.
Cuando Javier escuchó al perro ladrar y se fue a ver que pasaba, resultó que era alguien que había entrado a las oficinas, Javier entró y lo vio esculcando los escritorios, tratando de abrir los cajones y tirando los papeles por todos lados. Entonces le gritó, le dijo que era una propiedad privada y que tenía que salir de ahí. El ladrón simplemente levantó la cabeza y entonces se abalanzó sobre Javier, lo tiro al piso y luego Javier no supo que pasó, hasta que sintió un liquido calido sobre el lado izquierdo de su cuerpo, cerca de las costillas. El ladrón le había clavado una navaja un par de veces. Manchas fue tras el ladrón pero solo alcanzó a morderlo en la pantorrilla derecha. Manchas luego se quedó junto a él, acostado, mientras el apoyo que Javier había pedido por radio llegaba. Desde el momento en que se enteró, no podía más que recriminarse el haber salido de ahí casi huyendo, pensaba que si no lo hubiera hecho, Javier no estaría en el hospital. El otro guardia le había dicho en que hospital estaba y se fue directamente hacia allá. El horario de visitas sin embargo era de 6 a 8 y eran las 7:45 cuando llegó, y había otro gran problema, no sabía los apellidos de Javier. Tuvo que prácticamente rogarle a la trabajadora social que le ayudase, que era su amigo (aunque no conocía sus apellidos) y que era la única persona que Javier tenía en la ciudad. Después de conmoverla con la huida de casa de Javier y de buscar en la lista de pacientes de nombre Javier, de 21 años y de tener un par de navajazos, consiguió que lo dejasen entrar cinco minutos antes de las 8. Cama 27. Javier dormía. Sin saber porqué, le tomó la mano suavemente por un minuto hasta que sintió que la manó de él apretó levemente la suya. Entonces Javier despertó, y le dirigió una sonrisa cansada. Los dos sonrieron sin palabras. Javier volvió a quedarse dormido. Le tomó la mano un par de minutos más y luego le dio un beso en la frente y salió de la habitación y del hospital. Parecía que por fin la vida tenía cierto sentido, el estomago le revoloteaba, y una enorme sonrisa le adornaba el rostro.
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